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El simbolo de la faz

El conocimiento del tarot es simbolico. Veamos el significado de la faz según Chevalier.

"La palabra faz ipanim) es siempre empleada en plural en hebreo. La faz del hombre designa su cara, sobre la cual se ins­criben sus pensamientos y sus sentimientos. Si aquél se orienta hacia la luz, puede ésta resplandecer de claridad. La faz de Dios se relaciona con su esencia, y por eso es impo­sible contemplarla. De ahí ese texto sagrado: «Tú no puedes ver mi rostro, el hombre no puede ver mi faz y vivir.» Por esta razón dice san Juan: «Nadie ha visto nunca a Dios» (Un 4,12). Cuando Moisés exclama: «Muéstrate a mí» (Éx 33,13), expresa por esta llamada su deseo de contemplar la esen­cia divina. De todos modos el éxtasis -en cuanto muerte virtual- parece, según san Agustín, susceptible de permitir cierta apre­hensión de Dios: esto ocurrió a Moisés en el Sinaí y a Pablo al ser raptado al tercer cielo. Semejante visión es una anticipación de la beatitud. La visión cara a cara está reservada a la vida eterna. Los místicos imploran a menudo a Dios suplicándole que les muestre su faz. La faz es el símbolo del ser mismo de Dios o de una persona humana. M.-M.D.

El rostro es un desvelamiento, incom­pleto y pasajero, de la persona, como el des­velamiento de los Mystica en las pinturas de Pompeya. Nadie ha visto nunca directamen­te su propia cara; uno no puede conocerla más que con la ayuda de un espejo y por imagen. El rostro no es pues para uno, es para el otro, es para Dios; es el lenguaje si­lencioso. Es la parte más viva, la más sen­sible (sede de los órganos de los sentidos) que, a las buenas o a las malas, se presenta a los demás: es el yo íntimo parcialmente desnu­dado, muchísimo más revelador que todo el resto del cuerpo. Dice Max Picard «que el hombre no osa mirar sin temblar un rostro, pues éste está ahí antes que nada para ser mirado por Dios. Mirar un rostro humano es como querer controlar a Dios… Unica­mente en la atmósfera del amor puede un semblante humano conservarse tal como Dios lo creó, como su imagen. Si no está ro­deado de amor, el rostro humano se coagula y el hombre que lo observa tiene entonces ante sí, en lugar del verdadero rostro, su ma­teria solamente, lo que está sin vida, y todo lo que él enuncia a propósito de este rostro es falso» (picv, 14). Para comprender un semblante se precisa lentitud, paciencia, res­peto y amor. Analizar un rostro sin amarlo es envilecerlo; es destruirlo. "

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